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Muy buen post, enhorabuena

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Estimado Dr. San Agustín,

He leído su artículo sobre el uso de Ozempic después de los 50 años y, aunque valoro su intención de informar con equilibrio, considero necesario plantear una crítica más profunda desde un enfoque metabólico.

El problema central es que este tipo de fármacos parte de una premisa equivocada: que la pérdida de peso es el objetivo primario, cuando en realidad debería ser la restauración del metabolismo. Reducir el apetito no corrige la causa de la obesidad; simplemente disminuye la entrada de energía sin resolver por qué el organismo no la está utilizando correctamente.

Desde un punto de vista fisiológico, el peso corporal no es solo una cuestión de ingesta, sino de eficiencia energética. Cuando la célula no logra oxidar adecuadamente la glucosa, el cuerpo entra en un estado de compensación caracterizado por mayor estrés hormonal, liberación de ácidos grasos y acumulación de tejido adiposo. En ese contexto, suprimir el hambre puede incluso agravar el problema, al forzar al organismo a operar con menos combustible mientras su disfunción persiste.

Uno de los aspectos más preocupantes es la pérdida de masa muscular. Esto no es un efecto secundario menor. El músculo es clave para el metabolismo de la glucosa y la producción de energía. Reducirlo implica, en términos prácticos, disminuir la capacidad metabólica del individuo. Es decir, el paciente puede perder peso en la balanza, pero deteriorar su fisiología interna.

Además, la ralentización del vaciado gástrico y la alteración de las señales de apetito interfieren con mecanismos naturales de regulación energética. El hambre no es un enemigo; es una señal fisiológica que refleja las necesidades del organismo. Silenciarla farmacológicamente puede desconectar al paciente de su propia biología.

A esto se suma la posibilidad de efectos adversos como problemas digestivos persistentes, alteraciones pancreáticas y el riesgo de dependencia a largo plazo. Si al suspender el fármaco el peso regresa, esto evidencia que no se ha resuelto el problema de fondo.

La pregunta clave es: ¿estamos mejorando la salud metabólica o simplemente modificando variables superficiales?

La verdadera solución debería centrarse en restaurar la capacidad del organismo para producir energía de manera eficiente, no en reducir artificialmente la ingesta. De lo contrario, corremos el riesgo de crear pacientes más delgados, pero metabólicamente más comprometidos.

Atentamente,